Ciro Gómez Parssian
Perdón escrito contra el dios del tiempo es un viaje elegíaco y visceral donde la palabra se alza como el último bastión frente a la ruina. En sus cinco movimientos — que transitan desde el refugio mítico como alternativa a la violencia de Adela e Irene hasta la confesión descarnada de Vivir la herida de mi propia esencia —, Ciro Gómez Parssian recorre el territorio de la vulnerabilidad humana con una arquitectura simbólica sostenida. Maneja con oficio una amplia gama de formas métricas, siendo esta versatilidad formal no un mero ejercicio de estilo, sino que responde a una concepción de la poesía como lugar de encuentro entre tradiciones y lenguajes. La invocación de los clásicos y la meditación sobre el paso de los años se entrelazan con la elegía amorosa y la confrontación con la injusticia, componiendo una obra que oscila entre el éxtasis luminoso y la voz de un individuo vencido por la fatiga.
Cabe subrayar la presencia de una reflexión explícita sobre el oficio poético y su lugar en el mundo contemporáneo. La invocación de los clásicos no es un gesto arqueológico: el poeta asume la precariedad de su voz en un mundo que ha perdido las certezas del mito. La reflexión sobre la “mala escritura” y el fracaso como condición del decir poético es un gesto de honestidad que sitúa la obra en la tradición de la poesía de la experiencia, donde el poema no es un monumento a la perfección sino un testimonio de la lucha por encontrar su sentido.
Ciro Gómez Parssian
Perdón escrito contra el dios del tiempo es un viaje elegíaco y visceral donde la palabra se alza como el último bastión frente a la ruina. En sus cinco movimientos — que transitan desde el refugio mítico como alternativa a la violencia de Adela e Irene hasta la confesión descarnada de Vivir la herida de mi propia esencia —, Ciro Gómez Parssian recorre el territorio de la vulnerabilidad humana con una arquitectura simbólica sostenida. Maneja con oficio una amplia gama de formas métricas, siendo esta versatilidad formal no un mero ejercicio de estilo, sino que responde a una concepción de la poesía como lugar de encuentro entre tradiciones y lenguajes. La invocación de los clásicos y la meditación sobre el paso de los años se entrelazan con la elegía amorosa y la confrontación con la injusticia, componiendo una obra que oscila entre el éxtasis luminoso y la voz de un individuo vencido por la fatiga.
Cabe subrayar la presencia de una reflexión explícita sobre el oficio poético y su lugar en el mundo contemporáneo. La invocación de los clásicos no es un gesto arqueológico: el poeta asume la precariedad de su voz en un mundo que ha perdido las certezas del mito. La reflexión sobre la “mala escritura” y el fracaso como condición del decir poético es un gesto de honestidad que sitúa la obra en la tradición de la poesía de la experiencia, donde el poema no es un monumento a la perfección sino un testimonio de la lucha por encontrar su sentido.